LA DISCRIMINACIÓN GRIPAL
Y aquí estamos, casi un año después, jugando nuevamente con la sanidad. De verdad que la enfermedades siempre son complicadas, hasta para los expertos, porque afectan a organismos muy complicados, pero cuando se mezclan los que ellos mismos se hacen llamar gestores sanitarios, periodistas de la salud, consejeros políticos, etc. (algunos son sanitarios, pero de ejercicio muy limitado), no solo llegan a autoconvencerse de saber resolver los problemas de la salud sino que convencen a los ciudadanos. Todavía no entiendo por qué los ministros, consejeros, periodistas, economistas, etc., con vulgares conocimientos médicos, son preferidos en los medios de comunicación para explicar los problemas sanitarios. ¿Qué quieren que diga un abogado, economista, etc., de la sanidad?, en el mejor de los casos lo que le haya dicho el experto y en el peor incongruencias. ¿Por qué no lo dice directamente el experto?
Ahora resulta que países como Francia (94 millones de dosis), Alemania y el Reino Unido (50 millones cada uno), Italia (48 millones), España (37 millones), Países Bajos (34 millones), Suecia (18 millones), Suiza y Bélgica (13 millones cada uno), Portugal (6 millones), USA (más de 150 millones), Japón, China, etc., han comprado demasiadas vacunas. ¿Desde cuando es demasiado prever que un ser un humano pueda morir por un agente infeccioso para el que no tenemos tratamiento específico?, ¿desde cuando la medicina es una fábrica de coches o de zapatos donde se puede calcular los que salen con defectos? Si en la fabricación de zapatos o de coches hay una máquina que reduce esos defectos, la empresa puede decidir comprarla o no, según el coste de los desperdicios, pero en medicina no existen desperdicios, los desechos no tienen precio, son seres humanos, y menos cuando se trata de una vacuna que como máximo vale 10 €. Ya sé que estamos en crisis, pero ese no es el problema de los que pueden morir por mala administración, el problema es de las prioridades, humanas o mercantilistas, de los administradores.
Nadie se ha excedido en la compra de vacunas, ni siquiera Francia, porque para 65 millones de habitantes, aplicando dos dosis por persona, como se indicó inicialmente, 94 millones de dosis vacunan a más del 70% de la población, lo que es una seguridad en cualquier epidemia (la historia de que es suficiente vacunar el 30% hay que demostrarla).
Evidentemente, a partir del 20 de noviembre pasado, cuando se ha aceptado que una sola dosis es suficiente, Francia ha exagerado, pero no por mala prevención sino por uno de los muchos errores que todo medicamento o vacuna de urgencia obligatoriamente conlleva (recuerden como fue aprobado el AZT para el SIDA). Por eso se hacen estudios clínicos muy meticulosos antes de la comercialización de un producto pero, cuando no se tiene tiempo, más vale pecar por exceso que por defecto. Poco importa si ahora sobra, de todas formas se venderán a Qatar, Egipto, Ucrania, etc., y si no, se regala a los muchos países que lo necesitan, aumentando un poco ese 10% de sus reservas que les habían prometido USA, Australia, Brasil, Italia, Nueva Zelanda, Noruega, Suiza y el Reino Unido.
Si ningún país ha cometido errores en la compra de vacunas (los unos por su riqueza y los otros por su pobreza), todos los han cometido en la metodología que han seguido para hacer las vacunaciones y en las explicaciones que han dado a sus ciudadanos (los pobres no han tenido nada que explicar, tienen enfermedades más graves que la gripe).
Después de aclarar que el grupo consultante estratégico de expertos de la OMS había determinado la cepa que los laboratorios tenían que utilizar para fabricar la vacuna, que, como mínimo, se necesitaba seis meses para disponer de ella, no había más que esperar, ofreciendo fríamente las medidas generales de higiene y los datos epidemiológicos que se producían en el mundo y en el país correspondiente, aconsejando a los noticieros de no hacer hipótesis, porque lo que ya sabemos que ha pasado podía haber sido, y puede todavía ser, diferente. Cualquier virólogo que se precie desconfía del virus más inofensivo, especialmente porque ninguno tiene tratamiento eficaz. Lo único que da seguridad es la vacuna y mientras no se tenga es inútil hablar de soluciones definitivas.
Por razones diferentes se ha dispuesto de la vacuna en noviembre-diciembre. Ha habido dos posibilidades: que en esas fechas se dispusiese del total de las vacunas solicitadas o que, por razones de demanda y límites técnicos de fabricación, la entrega se hiciese paulatinamente. En ambos casos no hay razones para hacer grupos de riesgo y listas de espera para la vacunación, salvo en el supuesto de que la epidemia hubiera sido tan agresiva que diariamente hubiera habido un importante número de muertes. No hay razón moral para que una persona muera porque no pertenece a un grupo de riesgo, cuando la noción del riesgo tiene límites tan imprecisos como ha tenido.
A veces olvidamos que, en circunstancias normales, el respeto a la persona individual es sagrado. Repito, en caso de cataclismo, guerra, epidemia con alta mortalidad, pobreza extrema del país, hundimiento del Titanic, etc., los derechos individuales están al servicio de la sociedad y los fuertes tienen que proteger a los débiles, pero en caso de normalidad “para los demás no seré nadie pero para mi lo soy todo” y, débiles o fuertes, todos merecen el respeto que les deben los derechos humanos.
Considero que si la vacuna es la única solución eficaz para la gripe A y existe, nadie tiene derecho a decirme cuando debo o no vacunarme, debo ser libre de hacerlo o no cuando quiera. ¿Con que derecho ningún administrativo de turno me expone a una posible muerte, guardando la vacuna que tiene mientras espera a ver lo que pasa?
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