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viernes, abril 03, 2009

SEGUIRÁ LA CRISIS

Como siempre Plantu, en su viñeta de hoy, en el periódico francés Le Monde, acierta. Ante la pregunta de ¿La muerte del capitalismo anglo-sajón?, presenta a un buen clásico americano, fumando un puro, que lleva a hombros, hacia le Calvario, una cruz con el travesaño representando al dólar, respondiendo a los centuriones Obama y Ô Banane (Sarkozy): “A mí me da igual, resucitaré: pronto será la Pascua”.

Es sorprendente lo contentos que están todos los del G20 de ayer, cuando se han limitado a decir que van a hacer lo que desde hace años saben que tienen que hacer y desde hace meses dicen que deben hacerlo. La primera en enfadarse fue la canciller Angela Merkel, clamando castigo para todos aquellos que se habían aprovechado del descontrol financiero, después Sarkozy pidiendo control de los beneficios de las empresas y de los paraísos fiscales, más tarde Gordon Brown hablando de la necesidad de moralizar la economía y por último (antes estaba la limitación de Bush) Obama promoviendo el relanzamiento de la economía y el empleo con el American Recovery and Reinvestment Act.

Quiero creer que todo lo que dicen que van a hacer lo harán pero, por el momento, lo único claro es el billón largo de dólares que administrará el Fondo Monetario Internacional (FMI), institución de tristes recuerdos para la gran crisis asiática de 1997 con extensión a Rusia y America Latina, en particular a la Argentina. ¿Quién no recuerda la crisis prefabricada en 1997 contra Corea del Sur o el cambio de divisa de los especuladores del mercado tailandés o las condiciones impuestas por el FMI a los países que ha prestado, atándoles de pies y manos con altos intereses, disminución de los gastos gubernamentales, subida de impuestos y otras muchas condiciones que reducían al máximo su autoridad? Espero que el acuerdo del G20, de que los dirigentes del FMI y de la Banca Mundial sean nombrados por méritos y especialmente que países emergentes, como China, India y Brasil (nunca se sabe, pueden olvidarse de lo que han sido), al participar en las principales decisiones económicas, moderen un poco el salvajismo liberal del estilo Reagan, Thatcher, Bush y cientos de acólitos que les han precedido y les han bailado el agua.

Sin duda es necesario e incluso insuficiente tanto dinero para lanzar rápidamente la economía anquilosada desde hace cerca de dos años y para que el nuevo presidente tranquilice el primitivismo económico de muchos de sus compatriotas que únicamente quieren volver a las andadas, después de que los demás limpien la toxicidad económica que ellos han producido, con palabras tan bonitas como libre mercado, libertad de empresa y otras muchas que falsean al verdadero capitalismo en el que obligatoriamente debe participar la equidad: “los pobres deben de participar de las ganancias cuando la sociedad prospera, los ricos de los sufrimientos cuando está en crisis.”(Joseph E. Stiglitz. Premio Nobel de economía).

Ahí comienza mi escepticismo, saber cuando van a poner en marcha los controles de las agencias de anotación, de los fondos especulativos, de los salarios y de los bonos de privilegio, sobre lo que dicen que hay que hacerlo pero sin precisar cuando ni cómo. Otro tanto puede decirse de los paraísos fiscales. Hoy mismo han sacado una lista negra y otra gris con la promesa de sanciones para los que no colaboren, sin aclarar que clase de sanciones, ni lo que llaman no colaborar.

Yo se que los paraísos fiscales no desaparecerán, como obligatoriamente tiene que existir el estímulo del éxito con grandes recompensas, pero también sé que el crecimiento económico sin control siempre está dominado por el egoísmo y la teoría de que si hay mucha riqueza termina beneficiando a los pobre nunca se ha producido en la historia de la humanidad.

Me alegro mucho de que Gordon Brown piense que ha nacido un “nuevo orden económico”, de que la canciller alemana considere la reunión de Londres como “un compromiso histórico para una crisis excepcional”, de que el presidente francés esté contento porque cree haber logrado más de lo que pensaba, pero me temo que si no siguen trabajando rápidamente para corregir, de forma clara, los abusos de los que ocultan miles de millones con legalidades inmorales (privilegios especulativos) o inmoralidades legales (dinero negro de los paraísos fiscales), Plantu tendrá razón, el capitalismo anglo-sajón resucitará.

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lunes, febrero 16, 2009

LA CRISIS SIGUE

Seguimos perdiendo el tiempo y la cosa es grave, porque cuanto más tardemos en comenzar a corregir los errores, más difícil será corregirlos. Todo el mundo está de acuerdo en que el mayor error del liberalismo salvaje fue el creer que el mercado se auto-controlaba pero nadie se decide a poner esos controles, entre otras cosas, porque para que funcionen tienen que ser planetarios o al menos continentales.
Mientras tanto seguimos mareando la perdiz con las reacciones más primitivas de proteccionismo, gastos monstruosos del contribuyente para rescatar a bancos y financieros que hasta ahora han sido bastante incompetentes, e intentos de producir mucho y barato a costa de los más necesitados.
Probablemente todo ello es necesario, pero todo y algo más. Para empezar hay que reconocer los errores cometidos, aceptando que los bancos se han comportado como una empresa, cuando en realidad deberían de ser exclusivos intermediarios de la distribución del dinero, con mayor o menor gasto de administración, según el empleo que se haga de ese dinero. No es el fabricante de zapatos o de coches que todos los años tiene que invertir no solo en la administración de la empresa sino en mejorar la calidad y el precio de los zapatos o de los coches, haciendo nuevos modelos que contrarresten la competencia. Los banqueros, como los distribuidores de leche o los médicos y tantos y tantos servicios que no inventan o transforman nada, deben de ser meros intermediarios de las empresas o de las personas pero no empresarios. Lo que no es incompatible con que sean privados o públicos y tengan su correspondiente beneficio.
Está bien que se trate de salvar al sistema bancario pero siempre que no sobrepase las funciones para las que está destinado, mero intermediario y no líder de la economía, porque esa historia de hacer “bancos basura”, donde se acumulen los llamados activos tóxicos, pensando que así se recuperará la confianza necesaria para los circuitos de crédito, puede haber sido útil en situaciones muy locales y particulares, como en Suecia, en 1991, o en Francia, con el Crédit Lyonnais, en 1995, pero esta crisis no es puntual ni local y sería repetir el pasado con los mismos "pirómanos convertidos en bomberos", según expresión del economista Jean-Pierre Lehman. No pasa nada porque se nacionalice el banco que no responda a las funciones para las que está destinado, porque de todas formas, si no se quiere volver al pasado, ese control que todo el mundo dice que es necesario, deberá existir también en la banca privada.
El pasado 5 de febrero escuche, durante hora y media, al Presidente Sarkozy en una televisión francesa y tengo que decir que, salvo en los dos errores, propios del chauvinismo, de considerar al Reino Unido menos industrializado que Francia y la crítica a la deslocalización de algunas empresas francesas al este de Europa, en el resto de respuestas estuve totalmente de acuerdo, especialmente en lo que se refiere al reparto de los beneficios, donde dijo tajantemente que en su opinión toda empresa debería repartirlos con igualdad entre los accionistas, los trabajadores y la amortización.
Esta es la clave de una convivencia económica de larga duración, el sentido de la solidaridad humana, donde no es aceptable la usura sin remordimiento, y repito, salvo para quien, por su genialidad, ha aportado algo necesario y beneficioso para todo el mundo (La Crisis. www.dermocosmos.com), que puede disponer de cuantos millones le produzca su invento.
Está claro que esta idea de Sarkozy de repartir lo beneficios en 33% para cada parte empresarial tiene muchas más dificultades prácticas que hacer borrón y cuenta nueva, pagando el contribuyente lo que sea necesario para eliminar la toxicidad bancaria y el trabajador haciendo más horas y cobrando menos porque, sea lo que sea lo que se decida, en esta crisis se necesita el acuerdo de todos los países llamados industrializados y emergentes; y la mayoría no tiene dificultades para aceptar la “racionalización” del despido, del salario, de las horas e incluso de la edad de los trabajadores, sean albañiles, médicos, profesores o jueces. Cualquier cosa se puede aceptar con buena conciencia, pero luego no nos extrañemos de que niños que viven día y noche con los pollos que cuidan mueran de gripe aviar y, si insistimos, hagamos mutar al virus y terminemos con una epidemia humana mundial (Un foyer animal de grippe aviaire identifié en Chine. Le Monde, 12/02/09).
Termino con las palabras de Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial: “Por último, hemos notado que todo esto no sirve para nada sin una revisión sincera y profunda de nuestros valores y principios éticos fundamentales. Las empresas deben examinar con detalle sus sistemas de remuneración y gobierno. Los empresarios, las autoridades, los reguladores y los consumidores deben reflexionar sobre los excesos de la codicia.” (“Impedir que nuestro mundo se venga abajo”. El País, 05/02/09).

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sábado, febrero 07, 2009

LA CRISIS

A veces me pregunto si nuestros administradores (de todo el mundo) son inteligentes. Siempre llego a la conclusión de que no escapan a una posible ley universal : 25% son bastante bien dotados, 25% son ineptos y 50% son mediocres, lo que explica que se produzcan ciclos, de “progreso”, “retroceso” y “estabilidad”.
El problema de semejante ley, si es que existe, es que los ciclos pueden ser muy variados y, según el tiempo de duración, pueden ser más o menos beneficiosos. Lo ideal es que nuestros gobernantes inteligentes sean muchos y duren mucho tiempo pero me temo que eso es excepcional, porque si sumamos los mediocres y los ineptos tienen más probabilidad de persistir. Luego, conformémonos con que sea la suma de los dotados y de los mediocres los que persistan y que los ineptos, si es que son necesarios, sean pocos y duren poco tiempo.
Sin duda son honestos pero quienes dicen que está crisis no era previsible me recuerdan a los que decían que no sabían que no había armas de destrucción masiva. Es mala suerte que solamente no lo supiesen los que podían hacer algo, porque conozco cientos de libros que lo decían: “Une Suisse au-dessus de tout soupçon”, “La Suisse lave plus blanc”, Seuil 1976 y1990; “Globalization and its discontents”, W.W. Norton 2002; “Dominer le monde ou sauver la planète?”, Fayard 2004 (traducido de la edición americana de 2003); “The economics of innocent fraud”, Houghton Mittlin Cº 2004; “L’empire de la honte”, Fayard 2005; “Une brève histoire de l’avenir”, Fayard 2006; “The shock doctrine. The rise of disaster capitalism”, Knopf Canada 2007; “Globalisation, le pire est à venir”, La découverte 2008 ; etc.
Cuando se lee un poco el pensamiento económico del siglo XX se comprende que, después de los muchos errores europeos, antes de la primera guerra mundial, los Estados Unidos de América se impusieran como potencia industrial y económica, pero también se comprende que el optimismo del crecimiento hiciera que los mediocres de turno provocaran la primera burbuja inmobiliaria y financiera, haciendo grandes fortunas sin trabajar, destrozando una clase media que consumía lo que no tenía, endeudándose, sin querer ver la ruina de más de 300 bancos seis meses antes del 24 de octubre de 1929, día fatídico en el que el Dow Jones descendió al -22%.
Todo el mundo sabe que la crisis del 29 no fue fácil porque, como siempre, la desconfianza alimentó el proteccionismo y limitó el comercio a zonas o países con la misma moneda y la misma influencia, hasta que tres años más tarde el presidente Rooselvelt reactiva los gastos públicos, suspende la convertibilidad del dólar en oro y especializa los bancos para el comercio, con sucursales en Europa. La crisis del 29 tardó doce años en resolverse y en parte gracias a la venida de la segunda guerra mundial, cuya victoria permitió una reorganización de todo el sistema financiero.
Después de muchas idas y venidas entre dos reputados economistas, White y Keynes, se termina en la conferencia de Bretton Woods, del 1º al 22 de Julio de 1944, donde se amaña el Fondo Monetario Internacional (FMI), en teoría para evitar las devaluaciones monetarias, y la Banca International para la Recons­trucción y el desarrollo (BIRD), más conocido como el Banco Mundial, en teoría para favorecer prestamos a largos plazos y a bajo interés, con la esperanza “de echar a los usureros del templo de las finanzas internacionales” (Henry Morgenthau, Secretario del Tesoro Americano, citado por Jacques Attali, en “La Crise et après?. Fayard, 2008) y que “la fraternidad sea algo más que una palabra” (John Maynard Keynes, citado por Thomas Wieder, en “Bretton Woods, conférence mythique”. Le Monde, 12/10/08).
Aunque con un sistema bastante viciado, porque, entre otras cosas, obligaba a los Estados Unidos a ser continuamente deficitarios, en Bretton Woods se dieron las condiciones para que importantes cambios culturales, técnicos y políticos, consolidaran a este país en su puesto dominante. Así llegamos a los años 50 cuando aparece, en el Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Chicago, un grupo de economistas, dirigido por el ambicioso y carismático Milton Friedman, que preconizaba el capitalismo puro, sin ninguna ingerencia, simplemente con un dejar hacer absoluto, porque, pasase lo que pasase, el sistema se autorregulaba solo. Si se producían irregularidades en la inflación, en la oferta, en la demanda, en el desempleo o en otro parámetro económico, siempre era por la intervención de políticos imprudentes.
Con este breve preámbulo permítanme recordar otra posible ley universal: los extremos son fáciles de lograr pero siempre son destructivos, por eso, intuitivamente, para no tener que reformar su conciencia, nadie confiesa situarse en ellos. Si la caída del muro de Berlín acabó con un sistema corrupto, por la falta de libertad, esta crisis económica debe de acabar con el sistema corrupto de la usura que quería eliminar Morgenthau.
Durante medio siglo se ha olvidado que la usura es despreciable y se ha considerado normal e incluso elogioso que un individuo, una empresa, un banco, ganase 50, 60 y hasta 80% más que el año anterior, con la excusa del respeto al libre mercado y a la iniciativa empresarial. Es difícil de aceptar como normal que un “trader”, un ejecutivo empresarial o bancario, pueda tener salarios anuales de entre 5 y 150 millones de euros (Y. Blanco/E. Calatrava, en “Retribuciones de escándalo”. Expansión, 04/02/09) en base, no a su iniciativa, sino a la especulación con los hedge fund, las subprimes, los residencial mortgage-backedsecurities y cuantos nombres se quieran resumir en la llamada titridación o con las fusiones y compras bursátiles, porque moralmente es una estafa, de la que nadie puede sentirse orgulloso.
No hay que confundir al que inventó el transistor, una vacuna antivírica o cualquier otra aportación única y útil para toda la humanidad, que puede ganar cuantos miles de millones aporte su invento, con los que se limitan a aplicar lo ya conocido, sean empresarios, trabajadores o banqueros. Si queremos salir de esta crisis no hay que cambiar los parámetros económicos ni financieros, sino la metodología de aplicación

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