miércoles, junio 10, 2009

LA VERGÜENZA DE LOS PODEROSOS

Y luego se quejaran. Ya se les tiene poco respeto pero, a este paso, serán despreciados. No es aceptable que altos cargos de la política, de la religión, de la economía, etc., etc., sean tan irresponsables que hagan leyes adaptadas a sus vicios personales, sentencias públicas sobre la sexualidad disculpando la pederastia, explotaciones de los débiles enorgulleciéndose de su usura, etc., etc.
No soy tan ingenuo como para pensar que los vicios de los poderosos son nuevos, ni exclusivos de ellos. Siguiendo a Giovanni Papini, ha habido amantes de Dios, luceferinos, ateos, apóstoles, profetas, monarcas, políticos, dictadores, papas, desesperados, salvajes… que han cometido actos repugnantes y creo que cualquier ser humano, en cualquier momento, es capaz de cometerlos e incluso, si me apuran, sin ser malas personas, pero también creo que es obligación de los demás de denunciarlos y rechazarlos.
Nadie está libre de un momento de ira, lujuria, vanidad, soberbia, pasión, celos…e incluso que varios de sus próximos, por simpatía de las masas, sean cómplices, pero no es aceptable que en los momentos actuales, en los que las noticias se hacen planetarias en minutos, nadie, con el mismo o mayor poder que el descarriado, no lo denuncie y lo rechace. Cuando hablo de denunciar y rechazar no hablo de juzgar. Ya sé que eso no es posible, porque ellos mismos, incluso creyéndose justos, se pueden haber protegido con leyes inmorales, pero sí es posible que alguien tenga la dignidad de proteger a los que, por razones jerárquicas, no pueden hablar.
Ningún presidente de gobierno, papa, multimillonario, etc., puede ser denunciado eficazmente más que por otro presidente de gobierno, otro jefe de otra iglesia, otro millonario, etc. que tengan tanto o más poder que el denunciado, porque los demás, si son dependientes directos, por miedo, no dirán nada y si no son dependientes pueden decir lo que quieran que nadie les escuchará, porque hace años que la llamada iniciativa popular ha sido neutralizada.
Probablemente el único país en el que existe el respeto oficial a esa iniciativa popular es Suiza y, sin negar que hay una clara diferencia entre el dictador déspota, generalmente asesino, a semejanza del sargento Hitler, el georgiano Stalin y tantos otros, y cualquiera de las llamadas democracias, cada vez hay más diferencias entre unas y otras, hasta el punto de que ya no es suficiente la clasificación de “directa”, en la que el pueblo delibera y decide en asamblea (no sé si existe en alguna tribu amazónica), e “indirecta” o “representativa”, en la que el pueblo elige a sus representantes para que legislen y tomen decisiones.
Teóricamente la mayoría de las democracias son representativas y tienen mecanismos complementarios para defender la separación de poderes que respeten los derechos humanos individuales, como el referéndum, el plebiscito, la iniciativa popular, etc., pero una cosa es la teoría y otra la realidad, porque, sin maldad pero con la ilusión de creerse poderosos, a medida que pasa el tiempo, los gobernantes suelen añadir una ingeniería lingüística y semántica que degrada la verdadera democracia, pretendiendo que el pueblo se la crea. Y se la termina creyendo, pero, claro está, siempre que no abusen.
Y esta es la queja del inicio, están abusando y cada vez es más difícil creer que un presidente, un papa, un plutócrata, etc., por el mero hecho de serlo, merezca el respeto. Dichoso ese presidente, gobernador o alcalde desconocido de muchos de sus ciudadanos porque hace su oficio en silencio, ese jesuita, protestante u otro creyente que tiene fe en el hombre, en el ecumenismo, en el desvalido, pero es desconocido porque no admite alabanzas, ese multimillonario que hace crecer sus empresas porque en silencio, al mismo tiempo que sigue enriqueciéndose, distribuye proporcionalmente los beneficios entre las mejoras técnicas y estructurales, los empleados y los accionistas.
Es natural que un ministro se sienta orgulloso de serlo, pero es mejor que sus compatriotas estén orgullosos de que él lo haya sido y eso no se hace con vanidades, sino con oficio. Siempre recuerdo el barrio de Cornavin de Ginebra, que, en los años 70 del pasado siglo, era un mal barrio y antes del 80 era limpio, con casas reconstruidas y ciudadanos representativos de los funcionarios, comerciantes, empleados, etc. en buena armonía. Ser alcalde es un oficio y si lo hace bien tendrá el honor de ser un buen alcalde, pero no es él quien lo decide.
Sin duda, algunos demócratas inexpertos, enseguida responderán a estos comentarios que las elecciones lavan todos los posibles errores y dan todos los honores. Nada tienen que ver algunas leyes con la dignidad y los derechos humanos. Y si no, hablemos de la ingeniería lingüística y semántica de las leyes.

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