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sábado, febrero 07, 2009

LA CRISIS

A veces me pregunto si nuestros administradores (de todo el mundo) son inteligentes. Siempre llego a la conclusión de que no escapan a una posible ley universal : 25% son bastante bien dotados, 25% son ineptos y 50% son mediocres, lo que explica que se produzcan ciclos, de “progreso”, “retroceso” y “estabilidad”.
El problema de semejante ley, si es que existe, es que los ciclos pueden ser muy variados y, según el tiempo de duración, pueden ser más o menos beneficiosos. Lo ideal es que nuestros gobernantes inteligentes sean muchos y duren mucho tiempo pero me temo que eso es excepcional, porque si sumamos los mediocres y los ineptos tienen más probabilidad de persistir. Luego, conformémonos con que sea la suma de los dotados y de los mediocres los que persistan y que los ineptos, si es que son necesarios, sean pocos y duren poco tiempo.
Sin duda son honestos pero quienes dicen que está crisis no era previsible me recuerdan a los que decían que no sabían que no había armas de destrucción masiva. Es mala suerte que solamente no lo supiesen los que podían hacer algo, porque conozco cientos de libros que lo decían: “Une Suisse au-dessus de tout soupçon”, “La Suisse lave plus blanc”, Seuil 1976 y1990; “Globalization and its discontents”, W.W. Norton 2002; “Dominer le monde ou sauver la planète?”, Fayard 2004 (traducido de la edición americana de 2003); “The economics of innocent fraud”, Houghton Mittlin Cº 2004; “L’empire de la honte”, Fayard 2005; “Une brève histoire de l’avenir”, Fayard 2006; “The shock doctrine. The rise of disaster capitalism”, Knopf Canada 2007; “Globalisation, le pire est à venir”, La découverte 2008 ; etc.
Cuando se lee un poco el pensamiento económico del siglo XX se comprende que, después de los muchos errores europeos, antes de la primera guerra mundial, los Estados Unidos de América se impusieran como potencia industrial y económica, pero también se comprende que el optimismo del crecimiento hiciera que los mediocres de turno provocaran la primera burbuja inmobiliaria y financiera, haciendo grandes fortunas sin trabajar, destrozando una clase media que consumía lo que no tenía, endeudándose, sin querer ver la ruina de más de 300 bancos seis meses antes del 24 de octubre de 1929, día fatídico en el que el Dow Jones descendió al -22%.
Todo el mundo sabe que la crisis del 29 no fue fácil porque, como siempre, la desconfianza alimentó el proteccionismo y limitó el comercio a zonas o países con la misma moneda y la misma influencia, hasta que tres años más tarde el presidente Rooselvelt reactiva los gastos públicos, suspende la convertibilidad del dólar en oro y especializa los bancos para el comercio, con sucursales en Europa. La crisis del 29 tardó doce años en resolverse y en parte gracias a la venida de la segunda guerra mundial, cuya victoria permitió una reorganización de todo el sistema financiero.
Después de muchas idas y venidas entre dos reputados economistas, White y Keynes, se termina en la conferencia de Bretton Woods, del 1º al 22 de Julio de 1944, donde se amaña el Fondo Monetario Internacional (FMI), en teoría para evitar las devaluaciones monetarias, y la Banca International para la Recons­trucción y el desarrollo (BIRD), más conocido como el Banco Mundial, en teoría para favorecer prestamos a largos plazos y a bajo interés, con la esperanza “de echar a los usureros del templo de las finanzas internacionales” (Henry Morgenthau, Secretario del Tesoro Americano, citado por Jacques Attali, en “La Crise et après?. Fayard, 2008) y que “la fraternidad sea algo más que una palabra” (John Maynard Keynes, citado por Thomas Wieder, en “Bretton Woods, conférence mythique”. Le Monde, 12/10/08).
Aunque con un sistema bastante viciado, porque, entre otras cosas, obligaba a los Estados Unidos a ser continuamente deficitarios, en Bretton Woods se dieron las condiciones para que importantes cambios culturales, técnicos y políticos, consolidaran a este país en su puesto dominante. Así llegamos a los años 50 cuando aparece, en el Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Chicago, un grupo de economistas, dirigido por el ambicioso y carismático Milton Friedman, que preconizaba el capitalismo puro, sin ninguna ingerencia, simplemente con un dejar hacer absoluto, porque, pasase lo que pasase, el sistema se autorregulaba solo. Si se producían irregularidades en la inflación, en la oferta, en la demanda, en el desempleo o en otro parámetro económico, siempre era por la intervención de políticos imprudentes.
Con este breve preámbulo permítanme recordar otra posible ley universal: los extremos son fáciles de lograr pero siempre son destructivos, por eso, intuitivamente, para no tener que reformar su conciencia, nadie confiesa situarse en ellos. Si la caída del muro de Berlín acabó con un sistema corrupto, por la falta de libertad, esta crisis económica debe de acabar con el sistema corrupto de la usura que quería eliminar Morgenthau.
Durante medio siglo se ha olvidado que la usura es despreciable y se ha considerado normal e incluso elogioso que un individuo, una empresa, un banco, ganase 50, 60 y hasta 80% más que el año anterior, con la excusa del respeto al libre mercado y a la iniciativa empresarial. Es difícil de aceptar como normal que un “trader”, un ejecutivo empresarial o bancario, pueda tener salarios anuales de entre 5 y 150 millones de euros (Y. Blanco/E. Calatrava, en “Retribuciones de escándalo”. Expansión, 04/02/09) en base, no a su iniciativa, sino a la especulación con los hedge fund, las subprimes, los residencial mortgage-backedsecurities y cuantos nombres se quieran resumir en la llamada titridación o con las fusiones y compras bursátiles, porque moralmente es una estafa, de la que nadie puede sentirse orgulloso.
No hay que confundir al que inventó el transistor, una vacuna antivírica o cualquier otra aportación única y útil para toda la humanidad, que puede ganar cuantos miles de millones aporte su invento, con los que se limitan a aplicar lo ya conocido, sean empresarios, trabajadores o banqueros. Si queremos salir de esta crisis no hay que cambiar los parámetros económicos ni financieros, sino la metodología de aplicación

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