DESPUÉS DEL INICIO Y EL FINAL DE UNA PROFESIÓN,
Aunque he escrito el inicio y el final de una profesión (http://www.dermocosmos.com/), como todavía no he muerto, desde los años 80 que renuncie a aplicar lo que había hecho, durante 10 años, en Ginebra, con amplios contactos regulares y duraderos en toda la Europa desarrollada, he tenido que adaptarme a las posibilidades que me ofrecía la mentalidad hispana.
Como jefe de sección de un hospital universitario madrileño, pasaba consulta a los enfermos ambulatorios que me asignaban y al final de la mañana a los hospitalizados, pero, poco a poco, fue reduciéndose el número de camas de hospitalización disponibles y las posibilidades de hacer diagnósticos referenciales para los centros de salud periféricos, hasta el punto de que, quizás por vergüenza, un buen día, la dirección reunió a todos los médicos del servicio, para tratar de justificar la notable reducción de medios que teníamos. Mi sorpresa fue que, después de explicar su punto de vista, el director del hospital abre un turno de preguntas y nadie dice nada, ni siquiera los dos jefes de servicio presentes.
Después he comprendido la capacidad del español medio para callarse y solamente decir su opinión en privado (son siglos de memoria histórica sin ciudadanía), pero yo venía se Suiza y me atreví a preguntar por qué, en ese momento, había enfermos de dermatología hospitalizados en servicios que no les correspondía, añadiendo que si quería cerrar el servicio de dermatología no tenía más que hospitalizar a los enfermos dermatológicos en oftalmología o, para no exagerar, en medicina interna, a lo que el director me respondió que, sin duda, eran errores que se habían cometido y que le diera el número de las camas en las que se habían hospitalizado mal para corregir dichos errores. Como entonces también hacía interconsultas hospitalarias, es decir visitaba a los enfermos hospitalizados en otros servicios pero que tenían algún problema dermatológico, conocía muy bien donde estaba cada una, y en el momento en que le entregaba los números de las camas erróneamente ocupadas pregunté donde se veía a los enfermos de transmisión sexual “… o es que en Madrid no hay prostitución, ni riesgo sexual alguno…”, dije. Tengo que reconocer que el director tuvo reflejos, porque me contestó al estilo suizo: “si me haces un proyecto lo ponemos en marcha inmediatamente”. Esto pasaba al final de la mañana y por la tarde tenía el proyecto sobre su mesa.
No era muy difícil ser tan rápido. Se tenía lo más difícil de conseguir: locales y recursos humanos. En un llamado servicio de serología, fundado por el profesor Gay Prieto, estaban adscritos, además del jefe de servicio, un jefe de sección, dos adjuntos, una enfermera, una auxiliar de enfermera y una secretaria que, si en la vieja época en la que la sífilis era un problema sanitario y social importante, sin duda, tenían mucho trabajo, desde hacía años se limitaban a hacer, como mucho, un test serológico por semana que podía hacer un solo técnico en una hora, lo que quiere decir que todo el personal estaba exageradamente infrautilizado. No había más que hacer un organigrama en el que además de los tests serológicos se incluyera un protocolo para asistencia y tratamiento directo de los enfermos y reciclar a dicho personal.
Así nació el Centro de Enfermedades de Transmisión (CETS) aprobado, en 1983, por la Comisión Permanente de la Junta de Gobierno del Hospital Clínico “San Carlos” de Madrid, de donde salió el primer protocolo clínico y de tratamientos de dicho hospital, las colaboraciones interdisciplinarias, con ginecología, urología, microbiología, epidemiología, etc., los cursos anuales para estudiantes de medicina, médicos, enfermeras y cuantos quisieran reciclarse, un plan de actualización para más de diez mil médicos de atención primaria en 31 provincias de España y una revista científica distribuida en la Península y en toda Sudamérica.
Todo eso se hizo por la adaptación de una buena profesión y la generosidad de unos profesionales a la mediocridad administrativa hispana. A diferencia de los directores y gerentes suizos, los españoles nunca se enteraron de que ese centro médico no les había costado nada y les estaba dando mucho prestigio nacional e internacional. También ha desaparecido.
Al principio colaboraban conmigo una enfermera, dos residentes y varios médicos extranjeros (la mayoría sudamericanos y de oriente medio) pero, poco a poco, todos han ido despareciendo y, que yo recuerde, comencé el siglo pasando consulta solo.
Como jefe de sección de un hospital universitario madrileño, pasaba consulta a los enfermos ambulatorios que me asignaban y al final de la mañana a los hospitalizados, pero, poco a poco, fue reduciéndose el número de camas de hospitalización disponibles y las posibilidades de hacer diagnósticos referenciales para los centros de salud periféricos, hasta el punto de que, quizás por vergüenza, un buen día, la dirección reunió a todos los médicos del servicio, para tratar de justificar la notable reducción de medios que teníamos. Mi sorpresa fue que, después de explicar su punto de vista, el director del hospital abre un turno de preguntas y nadie dice nada, ni siquiera los dos jefes de servicio presentes.
Después he comprendido la capacidad del español medio para callarse y solamente decir su opinión en privado (son siglos de memoria histórica sin ciudadanía), pero yo venía se Suiza y me atreví a preguntar por qué, en ese momento, había enfermos de dermatología hospitalizados en servicios que no les correspondía, añadiendo que si quería cerrar el servicio de dermatología no tenía más que hospitalizar a los enfermos dermatológicos en oftalmología o, para no exagerar, en medicina interna, a lo que el director me respondió que, sin duda, eran errores que se habían cometido y que le diera el número de las camas en las que se habían hospitalizado mal para corregir dichos errores. Como entonces también hacía interconsultas hospitalarias, es decir visitaba a los enfermos hospitalizados en otros servicios pero que tenían algún problema dermatológico, conocía muy bien donde estaba cada una, y en el momento en que le entregaba los números de las camas erróneamente ocupadas pregunté donde se veía a los enfermos de transmisión sexual “… o es que en Madrid no hay prostitución, ni riesgo sexual alguno…”, dije. Tengo que reconocer que el director tuvo reflejos, porque me contestó al estilo suizo: “si me haces un proyecto lo ponemos en marcha inmediatamente”. Esto pasaba al final de la mañana y por la tarde tenía el proyecto sobre su mesa.
No era muy difícil ser tan rápido. Se tenía lo más difícil de conseguir: locales y recursos humanos. En un llamado servicio de serología, fundado por el profesor Gay Prieto, estaban adscritos, además del jefe de servicio, un jefe de sección, dos adjuntos, una enfermera, una auxiliar de enfermera y una secretaria que, si en la vieja época en la que la sífilis era un problema sanitario y social importante, sin duda, tenían mucho trabajo, desde hacía años se limitaban a hacer, como mucho, un test serológico por semana que podía hacer un solo técnico en una hora, lo que quiere decir que todo el personal estaba exageradamente infrautilizado. No había más que hacer un organigrama en el que además de los tests serológicos se incluyera un protocolo para asistencia y tratamiento directo de los enfermos y reciclar a dicho personal.
Así nació el Centro de Enfermedades de Transmisión (CETS) aprobado, en 1983, por la Comisión Permanente de la Junta de Gobierno del Hospital Clínico “San Carlos” de Madrid, de donde salió el primer protocolo clínico y de tratamientos de dicho hospital, las colaboraciones interdisciplinarias, con ginecología, urología, microbiología, epidemiología, etc., los cursos anuales para estudiantes de medicina, médicos, enfermeras y cuantos quisieran reciclarse, un plan de actualización para más de diez mil médicos de atención primaria en 31 provincias de España y una revista científica distribuida en la Península y en toda Sudamérica.
Todo eso se hizo por la adaptación de una buena profesión y la generosidad de unos profesionales a la mediocridad administrativa hispana. A diferencia de los directores y gerentes suizos, los españoles nunca se enteraron de que ese centro médico no les había costado nada y les estaba dando mucho prestigio nacional e internacional. También ha desaparecido.
Al principio colaboraban conmigo una enfermera, dos residentes y varios médicos extranjeros (la mayoría sudamericanos y de oriente medio) pero, poco a poco, todos han ido despareciendo y, que yo recuerde, comencé el siglo pasando consulta solo.
Etiquetas: gestión sanitaria, medicina, sanidad














