EL FINAL DE UNA PROFESIÓN
Como siempre, sobre el papel, me explicaron que para ser un buen médico hay que tener buenos conocimientos científicos y humanos, para lo que es necesario la asistencia a los enfermos, la investigación, y la enseñanza de lo que se aprende con ambas actividades. La asistencia a los enfermos te da la humanidad necesaria para adaptarte a los que suben a los palacios y a los que bajan a las cabañas; la investigación de cualquier tema o enfermedad te hace crítico de las dificultades que se tiene para encontrar lo desconocido; y la docencia te permite compartir los errores y éxitos, para desahogo personal y ahorro de energías de los seguidores.
En otra ocasión he descrito cómo las intenciones de estar un solo año en Suiza se convirtieron en diez y cómo entiendo que mi profesión de especialista médico se inició allí (“El inicio de una profesión”: www.dermocosmos.com). Suiza, más específicamente el Cantón de Ginebra, me proporcionó realmente (no sobre el papel), durante diez años, la práctica diaria de las tres facetas de mi profesión, con lo que decidí regresar a España para intentar hacerlo realidad, al menos en mi especialidad.
En 1980 todavía guardábamos algo de la clásica atención humana al enfermo y comenzaba la moderna hibridación de atención al usuario, con lo que la asistencia médica era aceptable; la investigación, entendiendo como tal el proyecto de aportar algo hasta entonces desconocido, nunca ha existido en España; y la docencia consistía en explicar lo que todos podían saber, sin posibilidad de crítica comparativa.
Así es como entendí que, puesto que había varios microscopios electrónicos en la Facultad de Medicina y en el Hospital, entonces universitario, Clínico “San Carlos” de Madrid, no tenía más que repetir lo de Ginebra. El profesor Cabré, jefe del servicio de dermatología, me facilitó, alrededor de un mes antes de Semana Santa, una entrevista con un respetable catedrático de ciencias básicas para le medicina, en la que muy amablemente me explico que ponía a mi disposición el microscopio electrónico de su servicio, pero que, como no tenía contrato de mantenimiento, hacía dos años que no trabajaba y sin duda tendría que hacer algo para volver a ponerlo en marcha. Respondí que no estaba bien dejar un microcopio de varios millones sin atención técnica regular, pero que yo podía volver a ponerlo en servicio. Ante la pregunta de si podía disponer de una laboratina/o para hacer los cortes, me respondió que tenía una de las mejores de Europa y que estaría muy satisfecho con ella.
Ya estaba todo resuelto, no tenía más que seleccionar los enfermos apropiados para investigar un tema o enfermedad y complementar los estudios con el miscroscopio óptico y el electrónico, después ya intentaría instalar cultivos celulares. Menos mal que, pensando en las vacaciones de Semana Santa para limpiar y alinear el microscopio electrónico prometido, fui a ver a la laborantina ofrecida, quien me dijo que ella se jubilaba justo en Semana Santa y no sabía si alguien la remplazaría, con lo que volví a ver al respetable catedrático, quien se disculpó de su olvido y de que no tenía previsto la sustitución pero que, en su opinión, eso no tenía importancia, porque yo mismo podía hacer los cortes, añadiendo con desparpajo que además él estaba muy interesado en que le estudiase algunas células de la retina.
Nunca hay que desesperar, dos meses después me fui a ver a otro respetable catedrático del hospital en cuyo servicio tenía un microscopio electrónico. Esta vez funcionaba y tenía laborantina pero, según él, la microscopia electrónica era muy cara y cada foto que se hacía costaba 500 pesetas. No hubo forma de convencerle de que lo caro era tener el microscopio y la laborantina, pero que una vez que se tenía esas dos cosas, era yo mismo quien hacía las fotos, yo mismo quien ponía los carretes y yo mismo quien las revelaba en el papel que yo mismo aportaba, con lo que no era posible que una foto costase 500 pesetas y menos cuando es normal hacer 40 o 50 fotos en una sola tarde. Fue inútil explicarle que lo habitual es que trabajen varios servicios con un solo microscopio, para obtener la mayor rentabilidad posible del aparato.
Así terminó en España la profesión iniciada en Suiza, con el grave inconveniente de que en todos los congresos de la especialidad se presentaban trabajos ultraestructurales dermatológicos sin ningún interés científico, porque quienes habían hecho las fotos no eran los firmantes y por consiguiente no tenían proyecto investigador. Incluso en una reunión internacional de dermatología, celebrada en Sevilla, otro respetable catedrático hispano proyectó mis propias fotografías publicadas en una revista francesa, sin aclarar que no eran suyas.
El patriotismo no es solamente hablar o gritar, es trabajar con dignidad. Quien permite que los méritos sean solamente sobre el papel, es tan indigno como el que los escribe.
En otra ocasión he descrito cómo las intenciones de estar un solo año en Suiza se convirtieron en diez y cómo entiendo que mi profesión de especialista médico se inició allí (“El inicio de una profesión”: www.dermocosmos.com). Suiza, más específicamente el Cantón de Ginebra, me proporcionó realmente (no sobre el papel), durante diez años, la práctica diaria de las tres facetas de mi profesión, con lo que decidí regresar a España para intentar hacerlo realidad, al menos en mi especialidad.
En 1980 todavía guardábamos algo de la clásica atención humana al enfermo y comenzaba la moderna hibridación de atención al usuario, con lo que la asistencia médica era aceptable; la investigación, entendiendo como tal el proyecto de aportar algo hasta entonces desconocido, nunca ha existido en España; y la docencia consistía en explicar lo que todos podían saber, sin posibilidad de crítica comparativa.
Así es como entendí que, puesto que había varios microscopios electrónicos en la Facultad de Medicina y en el Hospital, entonces universitario, Clínico “San Carlos” de Madrid, no tenía más que repetir lo de Ginebra. El profesor Cabré, jefe del servicio de dermatología, me facilitó, alrededor de un mes antes de Semana Santa, una entrevista con un respetable catedrático de ciencias básicas para le medicina, en la que muy amablemente me explico que ponía a mi disposición el microscopio electrónico de su servicio, pero que, como no tenía contrato de mantenimiento, hacía dos años que no trabajaba y sin duda tendría que hacer algo para volver a ponerlo en marcha. Respondí que no estaba bien dejar un microcopio de varios millones sin atención técnica regular, pero que yo podía volver a ponerlo en servicio. Ante la pregunta de si podía disponer de una laboratina/o para hacer los cortes, me respondió que tenía una de las mejores de Europa y que estaría muy satisfecho con ella.
Ya estaba todo resuelto, no tenía más que seleccionar los enfermos apropiados para investigar un tema o enfermedad y complementar los estudios con el miscroscopio óptico y el electrónico, después ya intentaría instalar cultivos celulares. Menos mal que, pensando en las vacaciones de Semana Santa para limpiar y alinear el microscopio electrónico prometido, fui a ver a la laborantina ofrecida, quien me dijo que ella se jubilaba justo en Semana Santa y no sabía si alguien la remplazaría, con lo que volví a ver al respetable catedrático, quien se disculpó de su olvido y de que no tenía previsto la sustitución pero que, en su opinión, eso no tenía importancia, porque yo mismo podía hacer los cortes, añadiendo con desparpajo que además él estaba muy interesado en que le estudiase algunas células de la retina.
Nunca hay que desesperar, dos meses después me fui a ver a otro respetable catedrático del hospital en cuyo servicio tenía un microscopio electrónico. Esta vez funcionaba y tenía laborantina pero, según él, la microscopia electrónica era muy cara y cada foto que se hacía costaba 500 pesetas. No hubo forma de convencerle de que lo caro era tener el microscopio y la laborantina, pero que una vez que se tenía esas dos cosas, era yo mismo quien hacía las fotos, yo mismo quien ponía los carretes y yo mismo quien las revelaba en el papel que yo mismo aportaba, con lo que no era posible que una foto costase 500 pesetas y menos cuando es normal hacer 40 o 50 fotos en una sola tarde. Fue inútil explicarle que lo habitual es que trabajen varios servicios con un solo microscopio, para obtener la mayor rentabilidad posible del aparato.
Así terminó en España la profesión iniciada en Suiza, con el grave inconveniente de que en todos los congresos de la especialidad se presentaban trabajos ultraestructurales dermatológicos sin ningún interés científico, porque quienes habían hecho las fotos no eran los firmantes y por consiguiente no tenían proyecto investigador. Incluso en una reunión internacional de dermatología, celebrada en Sevilla, otro respetable catedrático hispano proyectó mis propias fotografías publicadas en una revista francesa, sin aclarar que no eran suyas.
El patriotismo no es solamente hablar o gritar, es trabajar con dignidad. Quien permite que los méritos sean solamente sobre el papel, es tan indigno como el que los escribe.
Etiquetas: enseñanza, investigación, medicina















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