viernes, abril 06, 2007

LAS AMBIGÜEDADES

En los tiempos que corren se puede decir de todo, todo puede ser válido, dependiendo del color del cristal con que se mira. Todo es cuestión de fe, fe en quien lo dice. El corazón tiene razones que la razón no conoce, pero me pregunto si es posible tener tan grande el corazón o ser tan primitivo como para confundir continuamente el sol con la luna. Sin duda alguno habrá, pero me temo que a la mayoría les da igual que se trate del sol o de la luna, lo que les importa es trepar en su oficio, la astronomía.

Nada más ambiguo que la utilización de una particularidad en una generalidad. Si un individuo quiere pasar desapercibido no tiene más que mezclarse con una multitud. Si un corrupto quiere justificar sus acciones no tiene más que decir que es la política, el programa, las normas, las creencias de la empresa, del partido político, de la religión, de la iglesia, de la secta, del grupo en el que milita. Si un mentiroso no quiere decir la verdad no tiene más que emplear la generalidad del silencio o de la verborrea. Si un cobarde quiere ocultarse no tiene más que hablar de la patria, el honor, la dignidad. Si alguien quiere aprovecharse de los demás no tiene más que recordar la predominante importancia del grupo sobre el individuo. Y así sucesivamente, para cada tema hay una ambigüedad y quienes saben utilizarla en provecho propio.

El problema es que a base de abusar de tantas ambigüedades, al final, llegaremos a desconfiar de cada palabra y de cada vecino. Si antes era suficiente un estrechón de manos ahora ya no vale ni siquiera la firma del notario, si no se explica antes la definición de cada palabra que se emplea en nuestras relaciones, porque ya estamos llegando a hacer ambiguos los pilares más básicos de la humanidad. A fuerza de hablar, para bien o para mal, en nombre de la grandeza de los tópicos, olvidamos los derechos y responsabilidades individuales que, mientras no existan causas de fuerza mayor, como un desastre físico excepcional, siempre deben ser prioritarias.

Todos nos esforzamos en creer y respetar esos pilares elementales de la convivencia y del civismo, porque sabemos que sin ellos no tenemos futuro, pero cada vez se hace más difícil, porque quienes tienen más obligación de defenderlos, gran número de quienes representan a las más altas instituciones, o son muy ignorantes o son muy deshonestos.

Algunos son tan ignorantes que pretenden defender la democracia en Irak con la ambigüedad de creerse elegidos por Dios para luchar contra el eje del mal, sin entender que elegidos por Dios y portadores del mal podemos ser todos, pero la mayoría son aprovechados que buscan el enriquecimiento fácil con la ambigüedad de ser portadores de los grandes valores. Hay verdaderos artistas para convencernos de que un ladrón no tiene importancia, si es un buen economista y ayuda a los pobres irakís a explotar su petróleo; de que un muerto de más o de menos es de fuerza mayor, en una guerra preventiva; de que un abuso sexual de un religioso es excusable, porque el escándalo produciría mayores daños; de que cuanto diga o haga el jefe no se discute porque hay que respetar la jerarquía y la institución.

Ahí está el problema: “La mujer del Cesar no solamente debe ser honesta sino también parecerlo” y no es suficiente con decir que hay que respetar a las instituciones (es una perogrullada, siempre se respetan) sino que los responsables de las instituciones tiene que respetarlas más que nadie y no utilizar ambiguidades para aprovecharse del puesto que ocupa, por ignorancia o por malicia. En una palabra, nuestros representantes tienen que ser muy transparentes y a la menor duda (incluso errónea) deben dimitir por dignidad o sustituirlos por salud cívica.

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