L’abbé Pierre ha muerto
L’abbé Pierre ha muerto ¡qué Dios le dé su gloria!, porque si no se la da a él creo que los demás lo tenemos difícil, seamos cristianos, musulmanes, budistas, reyes, papas o lo que queramos.
Cuando le conocí un poco, por sus obras y sus escritos, no pude por menos de comparar con los muchos llamados religiosos, curas, frailes y demás jerarcas de la iglesia hispana que desde niño había conocido. ¿Dios mío, por qué hay tantas iglesias, cuando yo sé que solamente hay una? ¿Será para que D. Florentino, cura de mi parroquia, tuviera buena conciencia cuando regateaba las bulas a sus feligreses o vendía la leche en polvo que debía dar a los pobres?, ¿para que D. Gaspar, párroco de la colegiata, condenase al infierno, desde el púlpito, en la gran misa del mediodía, a Tyrone Power, actor de cine estadounidense?¿para que D. Lucio, adjunto de D. Gaspar, mantuviese la tradición de la barragana?¿para que D. José, profesor de religión, discriminase a Juanito « palangana » llamándole, en clase, “el hijo de su padre”, porque le creía comunista? Y así uno y otro y otro, todos haciéndose besar la mano y dando certificados de “buena conducta”, con la excepción de D. Luis Vecilla, profesor de religión en mi primer curso de carrera, al que, por primera vez en mi vida, oí condenar la pena de muerte, hasta que poco después, el buen Juan XXIII abría la gran ventana de la bondad.
Hombres como l’abbé Pierre, le frère Roger, el papa Roncalli y cuantos en el anonimato se esfuerzan por no caer en la tentación del “becerro de oro”, me han permitido mantener la imagen única de todas las iglesias, esa que no se utiliza para justificar las miserias humanas, esa que es discreta pero no se calla, esa que despierta las conciencias, la que denuncia las muertes, el hambre, los sufrimientos, las riquezas injustas, la que dice sus errores y pide disculpas, la que es libre de hablar del sexo, del amor y la felicidad, de su jerarquía, de los discrepantes, de los dogmas, de los primeros creyentes, la que, a pesar de todo, es obediente y no se divide, la que es universal.
L’abbé Pierre ha sido un constante imitador de Cristo, en pensamiento y obra, no solo como simple franciscano, salvador de judíos y no judíos perseguidos por el nazismo, prisionero de la Gestapo, diputado, fundador, en 1954, al grito de “socorro, amigos míos”, de los Compañeros de Emmaüs, para proteger a los hambrientos, a los sin techo, sin papeles, sin voz, mezclando religiosos y laicos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, negros y blancos, sino por su profundo amor a todos y a todo, único objetivo y justificación de su vida. A la pregunta “¿para que vivir?”, responde “el objetivo es aprender a amar”. Por eso siempre ha inculcado la solidaridad y el valor de contar los unos con los otros, de actuar más que hablar, de recordar que siempre hay unos más desheredados que otros, que no solamente es posible amar sino igualmente ser amado, que ningún acto de amor reduce nuestra libertad.
Pero los hombres buenos son una pesadilla para todo el mundo, los amigos y los adversarios, porque descubren la mala conciencia colectiva y l’abbé Pierre, sabiendo que no hay que odiar a los hombres sino a sus malos actos, nunca se ha mordido las palabras de denuncia. Para que luego no dijeran que no lo sabían y para ayudarles a ser dignos de sus puestos, escribió a los diputados y senadores franceses, recordándoles como “catástrofe nacional” el que dos millones y medio de personas no tuviesen casa decente y que cuatrocientas mil durmiesen en la calle.
Como no existe la igualdad, porque incluso gemelos alimentados y educados de la misma forma nunca serán iguales, es natural que los salarios y ganancias no sean iguales para todos y es el fuerte, el rico quien debe considerar al débil, al pobre, porque en este mundo de desigualdades “no hay elección: sea se aprende a amar, sea se hace uno un monstruo”. Pero las buenas voluntades no sustituyen a lo que toda la sociedad, en su conjunto, debe de aceptar: el reparto. “Para que el reparto sea verdadero hay que comenzar por los más desprotegidos. ¡Si en el reparto de las ganancias se comienza por el presidente, después los ministros, jefes de empresa, dirigentes, etc., nunca habrá bastante para los barrenderos!
Su inmenso amor nunca le impidió ser libre. Su libertad nunca fue dificultad para permanecer y cumplir con su Iglesia a pesar de sus reservas para el dogmatismo y de que, en ocasiones, fuese una pesadilla para la jerarquía, porque soñaba con un catolicismo limpio de todo compromiso con el dinero y los honores.
Es raro que un religioso tenga las ideas tan claras sobre el sexo y la sexualidad como l’abbé Pierre. Personalmente aceptaba su celibato (confesaba haber cedido a la tentación, de manera pasajera) pero no entendía donde estaba el pecado del matrimonio entre religiosos: “Puesto que la Iglesia Católica permite, desde hace siglos, a los maronitas y a los coptos, ordenar curas casados, no veo por qué razón Juan Pablo II ha podido recientemente afirmar que está fuera de discusión el celibato del resto de los curas de la Iglesia Católica”
Tampoco comprendía las dificultades para ordenar mujeres: “Nunca he comprendido por qué Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger habían afirmado que la Iglesia nunca ordenaría mujeres. No se oponía a la convivencia estable entre hombres, pero consideraba algo prematuro utilizar la palabra “matrimonio” por “el profundo arraigo que tiene en la conciencia colectiva como la unión de un hombre y una mujer…”
Hace falta tener mucha fe para hablar, como lo ha hecho l’abbé Pierre, durante 94 años, de lo divino y de lo humano, para hacer tanto bien a los desvalidos, a los necesitados, para dejar a los poderosos sin respuesta, para denunciar el fanatismo, la hipocresía política, religiosa, social, para rechazar el discurso sin la acción, para tener tan claro lo que es el mal.
En su “Carta a Dios” dice: “Gracias, Padre por ayudarme a rechazar lo que sería engaño, de “creer” como si fuera indiferente a la perpetuación del Mal, en este mundo y en el del más allá” (Mon Dieu… pourquoi?, Ed.Plon, 2005)
Cuando le conocí un poco, por sus obras y sus escritos, no pude por menos de comparar con los muchos llamados religiosos, curas, frailes y demás jerarcas de la iglesia hispana que desde niño había conocido. ¿Dios mío, por qué hay tantas iglesias, cuando yo sé que solamente hay una? ¿Será para que D. Florentino, cura de mi parroquia, tuviera buena conciencia cuando regateaba las bulas a sus feligreses o vendía la leche en polvo que debía dar a los pobres?, ¿para que D. Gaspar, párroco de la colegiata, condenase al infierno, desde el púlpito, en la gran misa del mediodía, a Tyrone Power, actor de cine estadounidense?¿para que D. Lucio, adjunto de D. Gaspar, mantuviese la tradición de la barragana?¿para que D. José, profesor de religión, discriminase a Juanito « palangana » llamándole, en clase, “el hijo de su padre”, porque le creía comunista? Y así uno y otro y otro, todos haciéndose besar la mano y dando certificados de “buena conducta”, con la excepción de D. Luis Vecilla, profesor de religión en mi primer curso de carrera, al que, por primera vez en mi vida, oí condenar la pena de muerte, hasta que poco después, el buen Juan XXIII abría la gran ventana de la bondad.
Hombres como l’abbé Pierre, le frère Roger, el papa Roncalli y cuantos en el anonimato se esfuerzan por no caer en la tentación del “becerro de oro”, me han permitido mantener la imagen única de todas las iglesias, esa que no se utiliza para justificar las miserias humanas, esa que es discreta pero no se calla, esa que despierta las conciencias, la que denuncia las muertes, el hambre, los sufrimientos, las riquezas injustas, la que dice sus errores y pide disculpas, la que es libre de hablar del sexo, del amor y la felicidad, de su jerarquía, de los discrepantes, de los dogmas, de los primeros creyentes, la que, a pesar de todo, es obediente y no se divide, la que es universal.
L’abbé Pierre ha sido un constante imitador de Cristo, en pensamiento y obra, no solo como simple franciscano, salvador de judíos y no judíos perseguidos por el nazismo, prisionero de la Gestapo, diputado, fundador, en 1954, al grito de “socorro, amigos míos”, de los Compañeros de Emmaüs, para proteger a los hambrientos, a los sin techo, sin papeles, sin voz, mezclando religiosos y laicos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, negros y blancos, sino por su profundo amor a todos y a todo, único objetivo y justificación de su vida. A la pregunta “¿para que vivir?”, responde “el objetivo es aprender a amar”. Por eso siempre ha inculcado la solidaridad y el valor de contar los unos con los otros, de actuar más que hablar, de recordar que siempre hay unos más desheredados que otros, que no solamente es posible amar sino igualmente ser amado, que ningún acto de amor reduce nuestra libertad.
Pero los hombres buenos son una pesadilla para todo el mundo, los amigos y los adversarios, porque descubren la mala conciencia colectiva y l’abbé Pierre, sabiendo que no hay que odiar a los hombres sino a sus malos actos, nunca se ha mordido las palabras de denuncia. Para que luego no dijeran que no lo sabían y para ayudarles a ser dignos de sus puestos, escribió a los diputados y senadores franceses, recordándoles como “catástrofe nacional” el que dos millones y medio de personas no tuviesen casa decente y que cuatrocientas mil durmiesen en la calle.
Como no existe la igualdad, porque incluso gemelos alimentados y educados de la misma forma nunca serán iguales, es natural que los salarios y ganancias no sean iguales para todos y es el fuerte, el rico quien debe considerar al débil, al pobre, porque en este mundo de desigualdades “no hay elección: sea se aprende a amar, sea se hace uno un monstruo”. Pero las buenas voluntades no sustituyen a lo que toda la sociedad, en su conjunto, debe de aceptar: el reparto. “Para que el reparto sea verdadero hay que comenzar por los más desprotegidos. ¡Si en el reparto de las ganancias se comienza por el presidente, después los ministros, jefes de empresa, dirigentes, etc., nunca habrá bastante para los barrenderos!
Su inmenso amor nunca le impidió ser libre. Su libertad nunca fue dificultad para permanecer y cumplir con su Iglesia a pesar de sus reservas para el dogmatismo y de que, en ocasiones, fuese una pesadilla para la jerarquía, porque soñaba con un catolicismo limpio de todo compromiso con el dinero y los honores.
Es raro que un religioso tenga las ideas tan claras sobre el sexo y la sexualidad como l’abbé Pierre. Personalmente aceptaba su celibato (confesaba haber cedido a la tentación, de manera pasajera) pero no entendía donde estaba el pecado del matrimonio entre religiosos: “Puesto que la Iglesia Católica permite, desde hace siglos, a los maronitas y a los coptos, ordenar curas casados, no veo por qué razón Juan Pablo II ha podido recientemente afirmar que está fuera de discusión el celibato del resto de los curas de la Iglesia Católica”
Tampoco comprendía las dificultades para ordenar mujeres: “Nunca he comprendido por qué Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger habían afirmado que la Iglesia nunca ordenaría mujeres. No se oponía a la convivencia estable entre hombres, pero consideraba algo prematuro utilizar la palabra “matrimonio” por “el profundo arraigo que tiene en la conciencia colectiva como la unión de un hombre y una mujer…”
Hace falta tener mucha fe para hablar, como lo ha hecho l’abbé Pierre, durante 94 años, de lo divino y de lo humano, para hacer tanto bien a los desvalidos, a los necesitados, para dejar a los poderosos sin respuesta, para denunciar el fanatismo, la hipocresía política, religiosa, social, para rechazar el discurso sin la acción, para tener tan claro lo que es el mal.
En su “Carta a Dios” dice: “Gracias, Padre por ayudarme a rechazar lo que sería engaño, de “creer” como si fuera indiferente a la perpetuación del Mal, en este mundo y en el del más allá” (Mon Dieu… pourquoi?, Ed.Plon, 2005)













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