OBESIDAD
Ni siquiera hay una definición de obesidad. El diccionario de la lengua española dice, obesidad: cualidad de obeso; obeso: dicho de una persona excesivamente gorda; gorda: de abundantes carnes; carne: parte muscular del cuerpo de los animales. Los libros de medicina hablan de exceso de grasa y por consiguiente exceso de peso pero, un atleta que tiene poca grasa y pesa mucho ¿es obeso?, una persona que a los 40 años pesaba 65Kg y a los 70 pesa 85 Kg, ¿se ha convertido en obeso?, ¿es lo mismo quien engorda bruscamente que quien engorda con el paso de los años? Y así otras cien preguntas.
El peso es una medida individual que depende de la edad, el sexo, la talla, la constitución, el ejercicio, etc., lo que quiere decir que la mayor parte de las valoraciones dependen de bases estadísticas que comparan el peso real con el que se ha establecido como ideal. Actualmente se considera ideal, cuando el llamado Índice de Masa Corporal (IMC), que se obtiene dividiendo el peso, en Kgs, por la talla al cuadrado, expresada en metros, oscila entre 18,5 y 24,9, lo que quiere decir que la dicha persona, si mide 1,70 m, a los 40 años tenía un IMC de 22,49, lo que oficialmente era normal, y a los 70 tiene 29,41, lo que oficialmente es anormal, es decir se ha convertido en un obeso.
Volvemos a meter miedo a la gente, esta vez probablemente con el oculto objetivo de hacer más grande el “becerro de oro”. Según nuestra propaganda, una persona que mida 1,70 m no puede pesar más de 72 kg, tenga la edad que tenga, lo que ya es muy dudoso a los 40 años pero mucho más a los 60.
Y sin embargo es verdad que en menos de dos décadas, el 5% de los niños, comprendidos entre 6 y 12 años, que se consideraban gordos, ha aumentado un 15%, que uno de cada dos adultos españoles tiene exceso de peso y alrededor del 14% se sale ampliamente de las normas, que la obesidad es menos frecuente en las familias acomodadas, que se presenta cada vez en edades más tempranas, que hay un riesgo de que en el futuro aumenten las enfermedades consecuentes, como el exceso de colesterol, diabetes, hipertensión arterial, etc. y que es necesario un programa de prevención infantil que explique los factores favorecedores de la obesidad.
Y digo prevención infantil porque es, una vez más, en la escuela donde se adquieren los buenos hábitos cívicos de limpieza, convivencia, educación, alimentación, etc., evidentemente, con la ayuda de la familia. No verán un solo niño suizo que tire un papel al suelo, que no sepa atravesar una calle, que no diga gracias, por favor, etc. y todo ello porque a los 3 años ya se lo explican y practican en la escuela y en la familia. La alimentación es lo mismo, pero…
Siempre hay un pero. Hay que aclarar que no tiene nada que ver que la media del peso de todos los ciudadanos, y de los niños en particular, aumente, con que la mayoría de los ciudadanos pese más de lo establecido como norma.
Hay que aclarar que es bueno hacer ejercicio, reducir los niveles de grasas, azúcares, sales, etc. pero también que las comidas rápidas, congeladas y recalentadas, etc., tipo pastas italiana o pizzas no son las mejores y sin embargo ha aumentado su consumo entre el 14 y el 50%.
Hay que aclarar que una ensalada se puede enmascararse con una salsa inconveniente, que cuando alguien fabrica algo que llama light es porque también fabrica algo que no lo es, que un refresco puede tener de todo menos fruta, porque para que su comercialización resista meses necesita antioxidantes, estabilizantes, antisépticos, conservantes, etc.
Hay que aclarar que muchas veces se añaden colorantes y sabores con el único interés de buscar la adicción (los pediatras conocen bien ese refresco, burbujeante y de los más variados colores, que todos los días piden los niños), sin que nadie pueda garantizar que, con el tiempo, no sean productos nocivos, porque no hay suficientes estudios. Hasta los medicamentos, que tienen reglas muy estrictas, a veces tienen que ser retirados del mercado, porque, después de un tiempo, han mostrado efectos indeseados (ver “Evaluación de los medicamentos”) lo que, por lógica, es más fácil en los alimentos y bebidas cuya reglamentación es menos estricta.
Tiene razón este sevillano cuando dice: “Les doy unos ejemplos a esos expertos: ¿por qué no denuncian que es imposible saber cuántos gramos de azúcar tiene un yogur infantil o un refresco? ¿Por qué no denuncian que el uso de edulcorantes artificiales (cuestionados por sus efectos secundarios) en los productos light no ha reducido el número de obesos? Para estos expertos no hacían falta alforjas”. (Emilio Iglesias Delgado. Sevilla. El País, 17/09/06).
Está claro que es una utopía pretender consumir exclusivamente productos de la región, frescos, en la temporada natural de producción, sin aditivos ni manipulaciones, pero no es ninguna utopía pedir que, al menos, existan, para poder escoger. Y al paso que evolucionan los mercados de los adoradores del “becerro de oro” es que ni siquiera se podrán encontrar.
Cada uno que haga lo que quiera pero, al menos, que tenga la oportunidad de valorar lo que come o bebe, con las debidas indicaciones, controladas, de los beneficios y perjuicios de cada cosa. Se terminara diciendo que es mejor el zumo de bote que el de una naranja. Todo depende de un buen estudio de mercado, con su estudiada propaganda, y sus escasos escrúpulos.
Son más peligrosas las consecuencias tardías de los aditivos alimentarios que engordar, más o menos, con productos sin aditivos.
El peso es una medida individual que depende de la edad, el sexo, la talla, la constitución, el ejercicio, etc., lo que quiere decir que la mayor parte de las valoraciones dependen de bases estadísticas que comparan el peso real con el que se ha establecido como ideal. Actualmente se considera ideal, cuando el llamado Índice de Masa Corporal (IMC), que se obtiene dividiendo el peso, en Kgs, por la talla al cuadrado, expresada en metros, oscila entre 18,5 y 24,9, lo que quiere decir que la dicha persona, si mide 1,70 m, a los 40 años tenía un IMC de 22,49, lo que oficialmente era normal, y a los 70 tiene 29,41, lo que oficialmente es anormal, es decir se ha convertido en un obeso.
Volvemos a meter miedo a la gente, esta vez probablemente con el oculto objetivo de hacer más grande el “becerro de oro”. Según nuestra propaganda, una persona que mida 1,70 m no puede pesar más de 72 kg, tenga la edad que tenga, lo que ya es muy dudoso a los 40 años pero mucho más a los 60.
Y sin embargo es verdad que en menos de dos décadas, el 5% de los niños, comprendidos entre 6 y 12 años, que se consideraban gordos, ha aumentado un 15%, que uno de cada dos adultos españoles tiene exceso de peso y alrededor del 14% se sale ampliamente de las normas, que la obesidad es menos frecuente en las familias acomodadas, que se presenta cada vez en edades más tempranas, que hay un riesgo de que en el futuro aumenten las enfermedades consecuentes, como el exceso de colesterol, diabetes, hipertensión arterial, etc. y que es necesario un programa de prevención infantil que explique los factores favorecedores de la obesidad.
Y digo prevención infantil porque es, una vez más, en la escuela donde se adquieren los buenos hábitos cívicos de limpieza, convivencia, educación, alimentación, etc., evidentemente, con la ayuda de la familia. No verán un solo niño suizo que tire un papel al suelo, que no sepa atravesar una calle, que no diga gracias, por favor, etc. y todo ello porque a los 3 años ya se lo explican y practican en la escuela y en la familia. La alimentación es lo mismo, pero…
Siempre hay un pero. Hay que aclarar que no tiene nada que ver que la media del peso de todos los ciudadanos, y de los niños en particular, aumente, con que la mayoría de los ciudadanos pese más de lo establecido como norma.
Hay que aclarar que es bueno hacer ejercicio, reducir los niveles de grasas, azúcares, sales, etc. pero también que las comidas rápidas, congeladas y recalentadas, etc., tipo pastas italiana o pizzas no son las mejores y sin embargo ha aumentado su consumo entre el 14 y el 50%.
Hay que aclarar que una ensalada se puede enmascararse con una salsa inconveniente, que cuando alguien fabrica algo que llama light es porque también fabrica algo que no lo es, que un refresco puede tener de todo menos fruta, porque para que su comercialización resista meses necesita antioxidantes, estabilizantes, antisépticos, conservantes, etc.
Hay que aclarar que muchas veces se añaden colorantes y sabores con el único interés de buscar la adicción (los pediatras conocen bien ese refresco, burbujeante y de los más variados colores, que todos los días piden los niños), sin que nadie pueda garantizar que, con el tiempo, no sean productos nocivos, porque no hay suficientes estudios. Hasta los medicamentos, que tienen reglas muy estrictas, a veces tienen que ser retirados del mercado, porque, después de un tiempo, han mostrado efectos indeseados (ver “Evaluación de los medicamentos”) lo que, por lógica, es más fácil en los alimentos y bebidas cuya reglamentación es menos estricta.
Tiene razón este sevillano cuando dice: “Les doy unos ejemplos a esos expertos: ¿por qué no denuncian que es imposible saber cuántos gramos de azúcar tiene un yogur infantil o un refresco? ¿Por qué no denuncian que el uso de edulcorantes artificiales (cuestionados por sus efectos secundarios) en los productos light no ha reducido el número de obesos? Para estos expertos no hacían falta alforjas”. (Emilio Iglesias Delgado. Sevilla. El País, 17/09/06).
Está claro que es una utopía pretender consumir exclusivamente productos de la región, frescos, en la temporada natural de producción, sin aditivos ni manipulaciones, pero no es ninguna utopía pedir que, al menos, existan, para poder escoger. Y al paso que evolucionan los mercados de los adoradores del “becerro de oro” es que ni siquiera se podrán encontrar.
Cada uno que haga lo que quiera pero, al menos, que tenga la oportunidad de valorar lo que come o bebe, con las debidas indicaciones, controladas, de los beneficios y perjuicios de cada cosa. Se terminara diciendo que es mejor el zumo de bote que el de una naranja. Todo depende de un buen estudio de mercado, con su estudiada propaganda, y sus escasos escrúpulos.
Son más peligrosas las consecuencias tardías de los aditivos alimentarios que engordar, más o menos, con productos sin aditivos.














