EL TABACO
No hay duda de que es malo fumar, para el que lo hace como para el que está a su lado y, si es posible, debe evitarse.
Igualmente es malo que, en 2004, el 96% y el 61% de las aguas superficiales y subterráneas, respectivamente, de los sitios donde se han buscado, en Francia, estén contaminadas por pesticidas (Le Figaro, 19/08/06) (otros países ni siquiera se molestan en buscarlos o no lo publican) y, si es posible, debe evitarse.
No menos malo es que 80 ciudades españolas tengan más de 50 mg/m3 de partículas en el aire y muchas de ellas superen el límite de los 35 días por año para llegar a superar los 124, lo que produce unas 16.000 muertes cada año, por enfermedades respiratorias y cáncer (Siete Días Médicos, 17/02/06) y, si es posible, debe evitarse.
Así podría seguir con el ruido producido por el 27% de los bares y discotecas (El Pais, 02/04/06) que, si es posible, hay que evitar; la acidificación de los mares por el dióxido de carbono (Le Monde, 02/10/05) que, si es posible, hay que evitar; las radiaciones de todo tipo, incluyendo Chernóbil que, si es posible, hay que evitar; el uso diario de más de 30.000 sustancias químicas, incluyendo el desastre de Bophal, en la India, que, si es posible, hay que controlar; hasta completar un libro de muchas páginas.
No es difícil la respuesta de los bienintencionados : “como no se puede arreglar todo a la vez, empecemos poco a poco, por lo que se pueda”. Estamos de acuerdo, poco a poco, por lo que se pueda, pero un fumador de más de 20 cigarrillos al día, desde hace años, es un adicto y, como tal, un enfermo que no tiene la posibilidad de dejar la adicción de repente, sin tratamiento previo, por muchas leyes que se le pongan por delante.
Está claro que toda adicción, del tipo que sea, heroína, cocaína, alcohol, tabaco, juego, comida, etc., representa una personalidad y unos factores favorecedores, lo que hace que unas sean más crónicas, más nocivas, más asequibles, más dependientes, etc. que otras, estando también en relación con el tipo de sustancia, la técnica empleada, la edad, el nivel económico, el medio ambiente en que se vive, etc. No es porque al ludópata se le quite bruscamente la maquina “tragaperras” que va a dejar de jugar, siempre encontrará a alguien con quien jugar a los “chinos”.
El tema es más difícil y delicado de lo que se piensa, porque esa frágil personalidad del adicto no es un trastorno morfológico, con lo que no se puede cambiar con un tratamiento general, sino que cada una necesita un seguimiento bastante diferenciado, pero sí se puede, progresivamente, inhibir su influencia, con la ayuda de leyes inteligentes que disminuyan los dichos facto0res favorecedores, especialmente la auto-justificación.
Las leyes adecuadas tienen mucho valor, porque quitan al adicto la coartada de que nadie le ayuda, que la sociedad le pone constantemente la tentación, que es muy fácil encontrar la oportunidad, que nadie le ha informado, etc. y facilitan el extraordinario esfuerzo personal que tiene que hacer, sin el que nunca llega a “desengancharse”.
Sin duda se han dictado y se siguen dictando leyes, en España y en Europa, que van en este sentido, pero hay otras que, con buenas intenciones, tienen efectos indeseados, como la formación de grupos de fumadores que antes no se conocían, la generalización de que el fumador pasivo sufre tanto como el activo, la existencia de bares donde se puede fumar libremente, la prohibición de fumar en todo lugar público, etc.
Cuando un fumador se reúnen con otros en las puertas de los edificios, el subconsciente le dice que no es él el único que no puede dejar de fumar y siempre hay quien convence de que no es necesario hacerlo, porque lo importante es vivir con satisfacción. Todos saben que nadie ha demostrado científicamente que el fumador pasivo sufre tanto como el activo, lo que es lógico porque no respiran el mismo tipo de humo. Cuando, antes, entraban en un bar, preguntaban a su alrededor si no molestaban fumando, ahora no preguntan porque en ese bar fuman por derecho. Si se llega a prohibir fumar en todos los lugares públicos, buscaran rincones donde, como en los antiguos Pub ingleses, en los que los viernes se bebía con rapidez para emborracharse antes del cierre, los fumadores, fumaran en media hora la mitad del paquete.
No insistan en leyes negativas, insistan en leyes positivas donde se forme e informe de los problemas del tabaco (incluso aumenten el precio), pero todos los fumadores tienen derecho a tener un sitio donde fumar, sin molestar a los demás y sin tener que enfermar bajo la nieve, mientras se convencen y logran dejarlo. Entre esas leyes positivas debería existir una que obligase a que solo se vendiese tabaco de buena calidad, sin aditivos ni otras sustancias, en una cantidad fija por cigarrillo o unidad de consumo, con una esponjosidad determinada, un filtro bien estudiado y con un papel seleccionado como el menos nocivo posible porque, ya que se utiliza el precio como disuasorio, al menos, que el producto sea lo menos malo posible.
No soy fumador activo y sí lo soy pasivo, pero me cuesta aceptar la utilización del tabaco como una de las muchas armas que actualmente se utilizan para inspirar miedo y terror. Es un método harto conocido desde hace muchos siglos, excesivamente empleado en el último, siempre con el oculto objetivo de limitar las libertades individuales, lo que es lógico en los regímenes dictatoriales pero menos en las llamadas democracias.
Igualmente es malo que, en 2004, el 96% y el 61% de las aguas superficiales y subterráneas, respectivamente, de los sitios donde se han buscado, en Francia, estén contaminadas por pesticidas (Le Figaro, 19/08/06) (otros países ni siquiera se molestan en buscarlos o no lo publican) y, si es posible, debe evitarse.
No menos malo es que 80 ciudades españolas tengan más de 50 mg/m3 de partículas en el aire y muchas de ellas superen el límite de los 35 días por año para llegar a superar los 124, lo que produce unas 16.000 muertes cada año, por enfermedades respiratorias y cáncer (Siete Días Médicos, 17/02/06) y, si es posible, debe evitarse.
Así podría seguir con el ruido producido por el 27% de los bares y discotecas (El Pais, 02/04/06) que, si es posible, hay que evitar; la acidificación de los mares por el dióxido de carbono (Le Monde, 02/10/05) que, si es posible, hay que evitar; las radiaciones de todo tipo, incluyendo Chernóbil que, si es posible, hay que evitar; el uso diario de más de 30.000 sustancias químicas, incluyendo el desastre de Bophal, en la India, que, si es posible, hay que controlar; hasta completar un libro de muchas páginas.
No es difícil la respuesta de los bienintencionados : “como no se puede arreglar todo a la vez, empecemos poco a poco, por lo que se pueda”. Estamos de acuerdo, poco a poco, por lo que se pueda, pero un fumador de más de 20 cigarrillos al día, desde hace años, es un adicto y, como tal, un enfermo que no tiene la posibilidad de dejar la adicción de repente, sin tratamiento previo, por muchas leyes que se le pongan por delante.
Está claro que toda adicción, del tipo que sea, heroína, cocaína, alcohol, tabaco, juego, comida, etc., representa una personalidad y unos factores favorecedores, lo que hace que unas sean más crónicas, más nocivas, más asequibles, más dependientes, etc. que otras, estando también en relación con el tipo de sustancia, la técnica empleada, la edad, el nivel económico, el medio ambiente en que se vive, etc. No es porque al ludópata se le quite bruscamente la maquina “tragaperras” que va a dejar de jugar, siempre encontrará a alguien con quien jugar a los “chinos”.
El tema es más difícil y delicado de lo que se piensa, porque esa frágil personalidad del adicto no es un trastorno morfológico, con lo que no se puede cambiar con un tratamiento general, sino que cada una necesita un seguimiento bastante diferenciado, pero sí se puede, progresivamente, inhibir su influencia, con la ayuda de leyes inteligentes que disminuyan los dichos facto0res favorecedores, especialmente la auto-justificación.
Las leyes adecuadas tienen mucho valor, porque quitan al adicto la coartada de que nadie le ayuda, que la sociedad le pone constantemente la tentación, que es muy fácil encontrar la oportunidad, que nadie le ha informado, etc. y facilitan el extraordinario esfuerzo personal que tiene que hacer, sin el que nunca llega a “desengancharse”.
Sin duda se han dictado y se siguen dictando leyes, en España y en Europa, que van en este sentido, pero hay otras que, con buenas intenciones, tienen efectos indeseados, como la formación de grupos de fumadores que antes no se conocían, la generalización de que el fumador pasivo sufre tanto como el activo, la existencia de bares donde se puede fumar libremente, la prohibición de fumar en todo lugar público, etc.
Cuando un fumador se reúnen con otros en las puertas de los edificios, el subconsciente le dice que no es él el único que no puede dejar de fumar y siempre hay quien convence de que no es necesario hacerlo, porque lo importante es vivir con satisfacción. Todos saben que nadie ha demostrado científicamente que el fumador pasivo sufre tanto como el activo, lo que es lógico porque no respiran el mismo tipo de humo. Cuando, antes, entraban en un bar, preguntaban a su alrededor si no molestaban fumando, ahora no preguntan porque en ese bar fuman por derecho. Si se llega a prohibir fumar en todos los lugares públicos, buscaran rincones donde, como en los antiguos Pub ingleses, en los que los viernes se bebía con rapidez para emborracharse antes del cierre, los fumadores, fumaran en media hora la mitad del paquete.
No insistan en leyes negativas, insistan en leyes positivas donde se forme e informe de los problemas del tabaco (incluso aumenten el precio), pero todos los fumadores tienen derecho a tener un sitio donde fumar, sin molestar a los demás y sin tener que enfermar bajo la nieve, mientras se convencen y logran dejarlo. Entre esas leyes positivas debería existir una que obligase a que solo se vendiese tabaco de buena calidad, sin aditivos ni otras sustancias, en una cantidad fija por cigarrillo o unidad de consumo, con una esponjosidad determinada, un filtro bien estudiado y con un papel seleccionado como el menos nocivo posible porque, ya que se utiliza el precio como disuasorio, al menos, que el producto sea lo menos malo posible.
No soy fumador activo y sí lo soy pasivo, pero me cuesta aceptar la utilización del tabaco como una de las muchas armas que actualmente se utilizan para inspirar miedo y terror. Es un método harto conocido desde hace muchos siglos, excesivamente empleado en el último, siempre con el oculto objetivo de limitar las libertades individuales, lo que es lógico en los regímenes dictatoriales pero menos en las llamadas democracias.














