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lunes, marzo 20, 2006

EVALUACIÓN DE LOS MEDICAMENTOS

El Instituto Pasteur comercializó, antes de que se supiese que podía transmitir la enfermedad de Creutz-Feldt-Jakob, a mediados de los 80, la hormona de crecimiento, obtenida de hipófisis de cadáveres, pero mientras algunos países la retiraron del mercado, en Francia continuo hasta 1988, ocasionando 103 muertes y exponiendo a contaminación a cerca de 2000 niños.

Bayer, inventor de la aspirina, ha tenido que pagar 850 millones de € en indemnizaciones, a 2933 pacientes, por sospechas de que el anticolesterólico Lipobay® ha producido muertes, retirando el medicamento en 2001. Después, Wyeth ha tenido que destinar 18600 millones de dólares para las indemnizaciones de las víctimas de sus productos adelgazantes Redux® y Pondimin®.

El 30 de Septiembre de 2004, los laboratorios Merck, de reconocida solvencia investigadora, han retirado del mercado su anti-inflamatorio Vioxx®, por la posibilidad de haber producido unos 100000 incidentes cardio-vasculares. El 17 de Diciembre, también del 2004, los laboratorios Pfizer han puesto en evidencia los mismos riesgos cardio-vasculares de su producto anti-inflamatorio Celebrex®, aunque ellos no lo han retirado del mercado.

Novartis y Fujisawa Healthcare han sido advertidos, este mismo año de 2005, por la FDA, de Estados Unidos de América, para que incluyan en las etiquetas de sus cremas Elidel® y Protopic®, una advertencia sobre el riesgo oncógeno, para que los médicos sopesen los riesgos y beneficios en niños y adultos, antes de recetarlas.

¿Es suficiente la evaluación que se hace de los medicamentos antes de la comercialización?

Pues claro que es suficiente, porque nadie ni nada es tan perfecto que no pueda tener un defecto, aunque sea lo mejor de que se dispone pero, claro está, el reconocimiento de un posible defecto no implica que una vez que se conoce se acepte, y mucho menos en este tema, donde se arriesga la vida de seres humanos.

Errores como los descritos sirven para mantener la duda e inquietud que nos obligue a preguntarnos constantemente si, antes de la comercialización, son suficientes las evaluaciones y controles que hemos hecho, si los expertos eran verdaderamente independientes, si se ha seleccionado correctamente la muestra estudiada, si los laboratorios, voluntaria o involuntariamente, han ocultado resultados desfavorables o han ejercido condiciones partidarias, si los poderes públicos tienen suficiente formación y capacidad inspectora, etc. El mayor error es creerse en posesión de la infalibilidad. De ahí la necesidad de una constante investigación en busca de la utopía de la perfección, aún sabiendo que no se logrará. Nada más nefasto que los protocolos médicos, la medicina basada en la evidencia, los ensayos clínicos y otros “dogmas” que, con buena o mala intención, se utilizan en la administración como método obligado de trabajo y juicio.

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