LAS VACUNAS SON PARA TODOS
Con estas premisas y un bombardeo diario de noticias alarmantes (Le Monde, 20-07-09: “Europe : les autorités se préparent à affronter le virus”), (Le Monde, 23-07-09: “Le virus de la grippe A(H1N1) pourrait affecter 20 millions de Français d’ici à la fin de l’année”), (El País, 18-07-09: “Los expertos de Sanidad esperan 8.000 muertos por la gripe A”), (El País, 23-07-09: “Sanidad eleva un 50% la reserva de Tamiflu y estudia su venta libre”), es lógico que los países con posibilidades económicas pretendieran proteger a sus ciudadanos facilitándoles la vacunación, porque todo gobierno responsable debe prepararse para lo peor y esperar lo mejor. Y así ha sido, por ahora ha ocurrido lo mejor, pero nadie podía prever, y todavía no es segura, una evolución tan favorable.
Entonces, ¿por qué ha habido, en todos los países, esa reticencia para vacunarse, cuando es lo más eficaz, con el menor riesgo, para evitar al virus? Porque ha habido demasiadas informaciones contradictorias, oficiales y particulares.
Cuando se dice que la epidemia en el hemisferio sur ha sido menos grave de lo que se esperaba, no se entiende por qué en el hemisferio norte ha de ser igual si en medicina y especialmente con los virus nada es seguro; cuando se va al médico con fiebre, cansancio y malestar general y, sin hacer el diagnóstico serológico, se dice que es un catarro, una faringitis u otra enfermedad bacteriana, las cifras epidemiológicas no son muy precisas; al contrario, cuando se va al médico y, sin hacer el diagnóstico serológico se dice que es la gripe A y con tratamientos sintomáticos desaparecen las molestias, no se entiende la peligrosidad de la enfermedad; cuando se dice que los niños, los obesos, los inmunodeprimidos y demás grupos de riesgos son los que tienen más facilidad para contagiarse, los que no pertenecen a esos grupos de riesgo no comprenden por qué necesitan vacunarse; al contrario, los que quieren vacunarse y no se lo permiten no comprenden por qué hay que privilegiar a unos sobre otros cuando todavía no hay indicios de alta contagiosidad; cuando se dice que no hay tiempo para hacer ensayos clínicos y puede haber importantes efectos indeseados, no se entiende por qué se comercializa la vacuna; cuando se dice que, en caso de necesidad, se dispone de grandes cantidades de antivirales (oseltamivir, zanamivir), no se entiende para que sirve la vacuna; cuando se dice que la gripe aviar nos enseñó mucho para defendernos de la gripe que nos amenaza, no se entiende por qué ésta puede ser peor que la otra, etc. etc.
Se podría repasar las muchas cosas que se han dicho y escrito en defensa y en rechazo de la vacunación contra la gripe A pero la gran mayoría no han contribuido más que a sembrar la desconfianza en el sistema sanitario, porque la mayoría no están dichas más que por aficionados que en muchos casos ocupan puestos llamados de “alta responsabilidad”. Limitémonos a la vacunación y dejemos en paz la epidemiología, los protocolos, las alarmas, el miedo, los grupos de riesgo, y demás títulos periodísticos.
No hay que confundir un medicamento con una vacuna. Una vacuna, si se tiene, la de la gripe A y todas las restantes, es la única protección que tenemos contra las infecciones virales y deben de emplearse en todas las personas que no hayan padecido la enfermedad para la que se vacuna. Y si la vacunación tiene un límite temporal de protección debe de repetirse al finalizar ese límite e incluso, si alguien se vacuna habiendo pasado la enfermedad o sin terminar el límite de protección inmunológica no pasa nada, salvo que ha gastado inútilmente 10 €, en el caso de la gripe A. Es por lo que las autoridades sanitarias tienen la obligación de poner a disposición de los ciudadanos los medios para que cada uno, voluntariamente, se vacune o no. Los derechos humanos dan libertad individual para escoger entre vacunarse o no, pero las autoridades sanitarias no tienen elección, si disponen de una vacuna, tienen la obligación de ponerla a disposición de quien la desee.
Es el llamado principio de precaución, primer deber de la responsabilidad del Estado, especialmente en el caso de la salud, donde ningún país puede aceptar la muerte de un ser humano cuando se puede evitar, independientemente del gasto que represente, porque ese gasto es el precio de la libertad de las personas (Le Monde, 09-01-10: “Le principe de précaution oblige à exagérer la menace”).














